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Chile es una nación altamente centralista y, al mismo tiempo, frenéticamente concentrada en su realidad económica. El centralismo chileno tiene raíz histórica. Su origen parte de la colonización del país al igual que en el resto de Latinoamérica; situación que, por lo demás, es más gravitante en esta latitud dada la complejidad de nuestra identidad histórica y conformación de nuestro mestizaje, rudo, latente y de hecho nítidamente excluyente; sin embargo, y al mismo tiempo, intersubjetivamente solidario. En consecuencia, el centralismo no es santiaguino sino chileno y también está acuñado en nuestro propio suelo regional. Por esta razón, en esta confabulación "chilenensis", cuando más el arraigo es tomecino, chorero, lotino, penquista o chillanejo, incluidas sus diferencias objetivas e intersubjetivas. En efecto, un primer paso en el desarrollo regional y país competitivo es acuñar esta realidad sicosocial y cívica limitante de los distintos talentos chilenos, sean estos santiaguinos, nacimentanos, pencones o lafquenches y reconstituirlos gradualmente con fluidez y espíritu común. Un segundo paso y fundamental es enfrentar el desafío de la grave concentración económica que vive el país y que no es ajena al proceso centralizador antes descrito. La historia chilena ha sido recursiva en este ámbito, en particular en las últimas décadas enmarcadas por una suerte de libertad económica ejemplar en el mundo capitalista. Por otro lado, un proceso a la deriva y en un contexto de enormes iniquidades acrecienta el proceso concentrador en el plano económico, social e incluso político (control social). Pero, también, y en consecuencia, territorialmente. En este marco destacamos la monstruosidad de Santiago, "para bien o para mal" de Santiago mismo, del resto de las regiones y del país como un todo. Las externalidades del proceso concentrador serán cada vez más negativas que positivas y nuestro desarrollo insostenible en lo ambiental, en lo económico y social, pero también en lo político y en consecuencia retomaremos así, con conciencia sesgada, la vía de país tambaleante y frustrado. En el plano económico y social, una forma prioritaria de enfrentar la doble acción centralizadora de la política y concentradora de la economía es procurar e impulsar una relación articuladora mayor en calidad y cantidad de la gran empresa asentada en el territorio con empresas y servicios afines, e intentar construir tejidos socioproductivos de beneficio mutuo, mejorar las condiciones del conjunto de la economía regional. Transferir aprendizajes tecnológicos como plataforma de fortalecimiento competitivo interempresas y mejoramiento de las condiciones de vida y acceso al mercado de trabajo de la mano de obra. Identificar nichos y perfiles de especialización y calificación de la fuerza de trabajo. Generar centros tecnológicos de innovación para el desarrollo industrial, ambiental y social con participación de comunidades empresariales, académicas y políticas nacionales, regionales y locales. También, es fundamental desarrollar la política en los distintos niveles territoriales, su institucionalidad e instrumentos políticos según los distintos contextos y urgencia de inclusión social. En este desafío, la educación superior, la educación en general es otra condición indispensable y crítica (y autocrítica) para el desarrollo regional y de Chile país competitivo.
Rafael Galdames Fuentes Sociólogo: Centro de Estudios Urbano Regionales (CEUR) Universidad del Bío-Bío. |