Coincidiendo con la inminencia de las elecciones presidenciales de segunda vuelta, las últimas sesiones del Consejo Regional (CORE) han transitado hacia una extraña nebulosa en que más parece importar el enfrentamiento político entre el bloque oficialista y el opositor, que el beneficio de una región que poco resiste este tipo de discusiones animadas por la fiebre electoral. En la sesión de esta semana se alcanzó el clímax de la falta de entendimiento, cuando un proyecto de bajo monto de dinero sirvió como excusa para desatar una andanada de recriminaciones entre uno y otro bando, demostrando que la contingencia ha consumido totalmente la labor de un órgano que es de vital importancia para la asignación de recursos en el Maule. Difícil ha de ser para los integrantes de este cuerpo, tanto el jefe del Gobierno Regional como los consejeros, desprenderse del enfervorizado clima que se ha producido en torno a la campaña electoral que rematará el próximo domingo, pero en este campo debiera existir mayor sabiduría para no confundir los planos y comprender que la opinión pública espera de sus gobernantes una visión de largo plazo para construir los acuerdos que requiere la región en pos su desarrollo. Con todo, y sorprendentemente, esta situación tiene un extraordinario símil con la discusión generada en torno al proyecto de ley de subcontrataciones que impulsó el Gobierno, pues a pesar de imprimirle suma urgencia para sacar al pizarrón a la oposición, ahora optó por cambiar el escenario, demostrando con ello que nunca será bueno mezclar los altos intereses de la nación con test de pureza política que no debiesen darse en el seno de los poderes del Estado. En la región, es de esperar que una vez resuelta la segunda vuelta vuelva el entendimiento entre quienes están llamados a convertirse en los líderes políticos maulinos, en cuanto son quienes tienen en sus manos la facultad de dirigir la inversión pública del Fondo Nacional de Desarrollo Regional. Por supuesto que las divergencias son absolutamente saludables y hasta deseables en un sistema democrático, como método para hallar siempre la solución más óptima, pero cuando ellas se basan en circunstancias electorales, no hay duda que en lugar de ser sólo el instrumento para un fin se convierten en el fin último, echando por tierra el aprovechamiento de las capacidades intelectuales y morales de quienes participan en la toma de decisiones. Por mucho que cueste separar aguas entre las acciones que se refieren a la dirección de los destinos de la región con las simpatías electorales de cada uno, la cordura deberá imponerse para bien de ellos mismos, a fin de respetar el llamado de servicio público que dicen seguir, como también a una comunidad que demanda más acuerdos que enfrentamientos. En este sentido, vale la pena preguntarse hasta qué punto es pertinente mezclar los proyectos de desarrollo con la coyuntura política, desatar una guerrilla de declaraciones por montos que pareciera aún no están del todo claros y que se lanzan a la palestra con dudosos fines en un momento evidentemente sensible, o bien desconfiar hasta de las intenciones del otro.